Entre bardas, “encuestas” y territorio
En política, las campañas también se libran en el terreno de la percepción. Y cuando se acercan las definiciones internas, lo que ocurre al interior de los equipos de campaña, sobre todo cuando los resultados no son los esperados, termina por trascender y las deserciones se multiplican.
Eso ocurre hoy en Guerrero, donde en los corrillos políticos circula información que llama la atención. Se comenta en el equipo de Esthela Damián que ha decidido apostar más por la construcción de una percepción de fortaleza que por el recorrido territorial. Eso le dice a sus cercanos… pero los engaña.
La fórmula, señalan, sería sencilla: mucha publicidad, encuestas favorables y presencia mediática para instalar la idea de una candidatura inevitable.
Publicar encuestas falsas no lo es todo. Recorrer territorio y escuchar a la gente, sí.
Si ese fuera realmente el camino elegido, la estrategia plantea más preguntas que certezas. Morena ha insistido durante años en que sus candidaturas deben surgir del trabajo con la gente, de la organización territorial y del contacto permanente con la militancia. Sustituir ese esfuerzo por una guerra de percepción implicaría apostar a que la imagen puede reemplazar el respaldo ciudadano.
En ese contexto también han comenzado a surgir cuestionamientos sobre la intensa propaganda visible en diversas zonas urbanas, particularmente en Acapulco. La discusión no es menor: cualquier aspirante está obligado a respetar las normas que regulan la colocación de publicidad, especialmente cuando se trata de espacios con restricciones legales o administrativas. La congruencia siempre pesa más cuando quien aspira a gobernar ha desempeñado responsabilidades vinculadas con la observancia de la ley. Resulta paradójico que quien se desempeñó como consejera jurídica de la Presidencia pase por alto disposiciones jurídicas y partidarias.
Otro tema que empieza a comentarse es el volumen del gasto destinado al posicionamiento. La pregunta no debería incomodar: en un movimiento que ha hecho de la austeridad una de sus principales banderas, la transparencia sobre el origen y destino de los recursos utilizados en promoción política tendría que ser un ejercicio natural, no una excepción.
Tampoco sería sano para la vida interna de Morena que la competencia terminara reducida a una batalla de encuestas cuya metodología, financiamiento o rigor estadístico no siempre resultan claros para la opinión pública. Las mediciones pueden orientar; no deberían convertirse en instrumentos para fabricar una percepción artificial de ventaja.
Al final, ninguna encuesta sustituye el pulso de la calle. Ninguna barda reemplaza el contacto con las comunidades. Ninguna campaña publicitaria logra ocultar, por mucho tiempo, la ausencia de estructura o de respaldo real.
Por ello, la verdadera prueba llegará cuando la militancia y la ciudadanía evalúen quién ha construido un proyecto sólido y quién únicamente ha pretendido construir una narrativa.
Porque en Guerrero, como suele ocurrir en política, la percepción puede abrir la conversación, pero difícilmente decide el resultado cuando llega la hora de medir el respaldo auténtico.