Defender la soberanía
Mientras el partido en el gobierno se envuelven en la bandera de la soberanía nacional cada vez que sienten presión internacional, en Sinaloa la realidad sigue oliendo a pólvora, miedo y silencio. Porque una cosa es defender la soberanía de México —que por supuesto debe defenderse— y otra muy distinta es usarla como escudo político para proteger a personajes incómodos, para tapar responsabilidades o para evitar que la justicia llegue hasta donde tendría que llegar.
El problema no es que el gobierno mexicano rechace injerencias extranjeras; es que esa indignación aparece con una velocidad admirable cuando alguien cuestiona políticamente al gobernador con licencia Rubén Rocha Moya, pero desaparece cuando las familias sinaloenses preguntan quién responde por el deterioro de la seguridad, por los señalamientos internacionales o por la sombra de complicidades que cada vez pesa más sobre el estado.
Porque aquí hay que decirlo claro: defender la soberanía no puede convertirse en una coartada para defender impunidades.
Y eso es exactamente lo que hemos visto en los últimos meses. Una operación política de protección. Declaraciones oficiales cuidadosamente diseñadas para cerrar filas. Voceros improvisados llamando “ataques al movimiento” a cualquier cuestionamiento. Y, más preocupante aún, un aparato de justicia que parece moverse con una lentitud sospechosamente selectiva.
En México la justicia tarda… pero en algunos casos pareciera que además se esconde.
Lo más delicado no es solamente lo que se dice. Es lo que no se investiga. Lo que no se toca. Lo que nadie quiere preguntar en voz alta.
Por eso resultó tan útil construir cortinas de humo. Y vaya que se han especializado en eso. Cuando la discusión comenzaba a acercarse peligrosamente a Sinaloa, apareció el escándalo mediático por la visita de la presidenta madrileña Isabel Díaz Ayuso. De pronto, la conversación pública dejó de girar en torno a la violencia, las acusaciones y la responsabilidad política. El nuevo enemigo era España, Hernán Cortés y hasta la conquista. Todo servido perfectamente para incendiar redes sociales, dividir opiniones y alimentar el nacionalismo de ocasión.
La cajota china de Mario Delgado con su propuesta de recortar el ciclo escolar. A favor o en contra. Ahí se fue todo la conversación por una semana.
Después vino el linchamiento político contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos. Morena activó la maquinaria digital y discursiva para colocarla como símbolo de todos los males opositores. Porque en la lógica oficialista siempre es más rentable fabricar villanos ajenos que explicar silencios propios. El manual es sencillo: distraer, polarizar y mover la conversación. Que nadie pregunte demasiado sobre Rocha Moya mientras el país discute otra cosa.
Y mientras tanto, Sinaloa sigue atrapado entre la violencia y la simulación.
La oposición tiene la obligación de decir lo que muchos ciudadanos ya perciben: el problema no es la soberanía; el problema es usarla como cortina para evitar rendir cuentas.
Porque cuando la justicia se vuelve selectiva, cuando la política sustituye a las investigaciones y cuando las cortinas de humo pesan más que la verdad, entonces ya no estamos frente a un gobierno fuerte. Estamos frente a un gobierno nervioso.
Y un gobierno nervioso siempre termina hablando más de patriotismo que de resultados.
El telón de fondo
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La montaña roja
Othón Salazar Ramírez nació el 17 de mayo de 1924 en Alcozauca, tierra de esfuerzo, carencias y dignidad. Se formó como maestro y entendió muy temprano que enseñar no solo era transmitir conocimientos: era despertar conciencias y abrir caminos donde parecía no haber destino.
Desde las aulas construyó una lucha que trascendió fronteras. Fundó el Movimiento Revolucionario del Magisterio, enfrentó al poder, desafió al sindicalismo corporativo y se convirtió en una de las voces más representativas del magisterio democrático en México. Fue diputado federal, candidato a gobernador y presidente municipal de su querido Alcozauca; pero quizá su mayor cargo nunca estuvo en un nombramiento ni en una boleta: fue el reconocimiento de miles que encontraron en él un ejemplo de congruencia y valentía.
Othón demostró que se puede venir de abajo y pensar en grande. Que se puede ser humilde sin ser sumiso. Que se puede hablar con respeto y luchar con firmeza. Que un maestro de La Montaña podía poner el nombre de Guerrero y de Alcozauca en la conversación nacional.
Murió el 4 de diciembre de 2008, pero hay vidas que no terminan cuando dejan de respirar; continúan cada vez que alguien decide organizarse, levantar la voz, defender una causa o creer que el origen nunca debe ser límite.
Porque al final, los pueblos no son grandes por el tamaño de su territorio, sino por la dimensión de las mujeres y hombres que nacen en ellos.
Y Othón Salazar Ramírez fue uno de esos hombres que le demostraron a México que desde las montañas también se escribe la historia.