Vida Pública
Entre las cifras y el silencio
Por Christian Zamora
Acapulco volvió a amanecer con la noticia que nadie quiere escuchar. Una adolescente de 16 años asesinada. Un trabajador del transporte público ejecutado. Otra estudiante herida. Ocurrió afuera del Colegio de Bachilleres Plantel 2. Ocurrió frente a la rutina escolar. Ocurrió en nuestra casa.
Y mientras aquí enterramos sueños, desde la federación se insiste en que los homicidios han bajado casi 50 por ciento. Reducción histórica, dicen. Tendencia positiva, presumen. Guerrero aparece en tablas comparativas donde se habla de contención y disminución respecto a los años más violentos. Pero la estadística no consuela a una madre. El porcentaje no abraza a una familia. La gráfica no limpia la sangre en la banqueta.
En enero pasado, en sesión de Cabildo, hubo regidores que celebraron que Acapulco cerrara 2025 con aproximadamente 566 homicidios. “Solo” 566. Lo dijeron con tono de logro administrativo. Incluso hubo felicitaciones al secretario de Seguridad Pública Eduardo Bailleres. Quinientas sesenta y seis vidas truncadas convertidas en argumento político. Ese día quedó claro que para algunos la tragedia se mide en comparación con el desastre previo, no en función de la dignidad humana.
El contraste es brutal. Lo cuantitativo puede mostrar descenso. Lo cualitativo nos tiene sitiados. Ellos ponen las cifras, nosotros, el pueblo, ponemos los muertos. Los acapulqueños no vivimos en el Power Point ni en la hoja de Excel; vivimos en colonias donde el transporte público es blanco de ataques, donde las escuelas se convierten en escenarios del horror, donde el miedo se volvió parte del uniforme escolar.
A ello se suma el silencio institucional. La alcaldesa Abelina López Rodríguez no ha fijado una postura firme ante este crimen. No hay mensaje claro, no hay gesto de liderazgo visible. En entrevista evitó responder y delegó el tema a su secretario. Los silencios también comunican. Y cuando quien gobierna calla frente a la violencia, el mensaje que llega es el vacío.
El Gobierno del Estado asumió los gastos hospitalarios y funerarios y ofreció atención psicológica a las familias. Es correcto. Es humano. Pero no es suficiente.
Lo indispensable y lo que se le exige a todos los niveles gubernamentales es prevención real: presencia policial en entornos escolares, operativos coordinados, inteligencia efectiva, programas que inhiban la captación de jóvenes por el crimen organizado. La reacción no puede seguir sustituyendo a la estrategia.
Y, como siempre, aparecen los oportunistas. Los que si pudieran llegarían con cámara en mano a la puerta del plantel. Los que redactan el “lamento profundamente” mientras miden el impacto en redes, pero que en la praxis no ayudan en absolutamente nada. Los que actúan como si no formaran parte del entramado político que durante años toleró, normalizó o minimizó el problema. La tragedia no es plataforma. El dolor no es posicionamiento.
No quisiera decirlo, pero con mayor continuidad Acapulco se parece demasiado a Culiacán, donde recientemente fue asesinado el adolescente Ricardo Misael. Son contextos distintos, sí, pero la constante es la misma: jóvenes atrapados en un país que no logra blindar su futuro.
Sin embargo, rendirse no es opción. Somos un pueblo resiliente. Nos corresponde fortalecer la educación en casa, sembrar valores, acompañar a nuestros hijos, alejarlos de las redes criminales que prometen dinero fácil y entregan muerte segura. Nos corresponde también asumir la dimensión política de nuestra realidad: cada voto cuenta, cada decisión pública tiene consecuencias.
Porque no basta con indignarse. No basta con publicar condolencias. No basta con comparar cifras. La seguridad no puede medirse solo en porcentajes; debe sentirse en la calle, en la escuela, en el transporte, en la tranquilidad de una madre que despide a su hija rumbo a clases.
Hoy Acapulco está de luto. Y el duelo exige memoria, pero también exigencia. Exigencia de resultados. Exigencia de liderazgo. Exigencia de verdad.