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Guerrero y su pobreza
Celestino Cesáreo Guzmán
Los recientes datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía confirman que México ha avanzado de manera significativa en la reducción de la pobreza: 13.4 millones de personas dejaron esta condición entre 2018 y 2024.
Es un logro que merece ser reconocido, pues detrás de cada número hay una historia humana, una familia que respira un poco más tranquila, un niño que quizá ahora asiste a la escuela, una madre que puede alimentar mejor a sus hijos.
Pero como guerrerense, no puedo dejar de señalar que las cifras también nos interpelan con fuerza: Guerrero sigue siendo la segunda entidad más rezagada del país. El 58.1 % de nuestra población vive en pobreza y el 21.3 % en pobreza extrema.
Esto significa que más de la mitad de nuestros paisanos enfrentan carencias múltiples: desde la falta de servicios básicos como agua potable o electricidad, hasta viviendas en condiciones precarias y una profunda exclusión del sistema de seguridad social.
No son solo estadísticas; son realidades que vemos a diario en la sierra, en la Costa Chica, en montana , en Tierra Caliente, en los pueblo indígenas y afromexicanas que han cargado por generaciones con el peso de la desigualdad.
Sabemos bien que estas cifras no se modifican de la noche a la mañana, pero también sabemos que con voluntad política, planeación y trabajo coordinado se puede cambiar el rumbo.
Espero que la presidenta Claudia Sheinbaum cumpla sus compromisos de campaña y los objetivos que ha trazado en el Plan Nacional de Desarrollo, donde plasma su compromiso con invertir en el desarrollo de Guerrero, y ha planteado importantes proyectos para nuestra entidad: desde el fortalecimiento de la infraestructura carretera y portuaria, hasta la ampliación de programas de bienestar, el impulso a proyectos productivos y el rescate de zonas históricamente marginadas.
La asignación de presupuestos específicos para pueblos indígenas y afromexicanos es un paso relevante.
Si estos recursos se aplican con eficacia y transparencia, podrán transformar realidades: escuelas dignas, clínicas con personal y medicamentos, agua limpia, electrificación y caminos que conecten a nuestras comunidades con los centros de producción y comercialización.
No se trata solo de combatir la pobreza, sino de sentar las bases para un desarrollo sostenible e incluyente.
Pero para lograrlo, Guerrero necesita unidad y visión de Estado. Este no es momento para la confrontación estéril ni para las divisiones internas; es tiempo de sumar esfuerzos entre los tres órdenes de gobierno, la iniciativa privada, la academia y las organizaciones sociales.
Nuestro desafío es monumental, pero también lo es nuestra capacidad de resistencia y superación.
La experiencia me ha enseñado que un pueblo que se reconoce en su diversidad cultural y en su dignidad es capaz de enfrentar las adversidades con fuerza.
Guerrero ha pasado por huracanes, crisis económicas y conflictos sociales, y siempre ha sabido levantarse. 
Hoy tenemos frente a nosotros una oportunidad histórica para dejar atrás décadas de rezago.
Invito a que pensemos en grande y que no nos limitemos a administrar la pobreza. Pensemos en un Guerrero con polos de desarrollo industrial, con un campo fortalecido, con turismo diversificado que incluya nuestras costas, montañas y tradiciones, con jóvenes que encuentren oportunidades aquí y no tengan que emigrar.
Si logramos alinear la visión del gobierno federal con las capacidades y talentos locales, si garantizamos que cada peso se invierta donde más se necesita, podremos, en unos años, contar una historia distinta: la de un Guerrero que dejó de aparecer en las listas de lo malo,  para ocupar un lugar  en la lista de todo lo bueno.
Y reitero: Guerrero necesita un plan; para hacer nuestros sueños posible. Veremos.